PREMIO LUÍS BUÑUEL

ÁLEX DE LA IGLESIA

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EL ÁNGEL DE ÁLEX

En febrero de 1993, con 27 años, Álex de la Iglesia vino a Zaragoza a presentar Acción mutante, su primer largometraje. Cinco minutos después de conocerle me dijo esto: “El ángel exterminador es una de las películas de mi vida”. Sólo eso hubiera sido suficiente para hacernos amigos para siempre.

Pero hubo más. Le conté a Álex que yo era amigo de uno de los grandes cómplices de Luis Buñuel, Julio Alejandro, un maravilloso tipo de Huesca que figuraba entre los mejores guionistas de la historia del cine. En la obra de Julio se incluían Abismos de pasión, Nazarín, Viridiana, Simón del desierto y Tristana. Nada más y nada menos. Por si fuera poco, Julio había colaborado en la ambientación de El ángel exterminador.

Le dejé caer a Álex que, casualmente, al cabo de unos días yo iba a Madrid por un formidable motivo: llevar a Rafael Azcona a casa de Julio Alejandro para que se conocieran. Azcona era un rendido admirador de Julio y, al enterarse de mi relación con él, tuvo una reacción de fan, insólita en él: “Yo quiero conocer a ese hombre”.

Álex me dijo: “Llévame contigo a esa cita por favor”.

Me encantó que alguien de su generación, con pinta de romper moldes en el cine español, demostrara esa devoción por dos guionistas que podían ser su padre y su abuelo.

Ese día de febrero en el que nos conocimos, Álex pensaba marcharse a Bilbao en un autobús que salía por la tarde. Pero decidió perderlo y quedarse en mi casa. Al día siguiente, también dejó que el autobús se marchara. Álex se sintió atrapado en el delirio de Zaragoza, en un inesperado tributo al Buñuel de El ángel exterminador.

Esos dos días en la ciudad dieron para mucho. En el salón de mi casa le enseñé a Álex El extraño viaje, la película dirigida por Fernando Fernán-Gómez que había dado un vuelco a mi cabeza de cinéfilo. Álex la vio, alucinado, mientras mi padre la volvía a ver y mi madre nos preparaba una tortilla de patatas. También por casualidad, el guionista de esa película, el explosivo y volcánico Perico Beltrán, pasaba una temporada en Zaragoza y lo fuimos a ver al Hotel Conquistador. Con Perico también hablamos mucho de Luis Buñuel, muertos de risa.

Y, luego, en Madrid, la tarde mágica. Fue el viernes 12 de marzo de 1993. Al día siguiente se celebraba la ceremonia de los Goya en la que arrasaría Belle Époque, –la película de Fernando Trueba por la que Rafael ganaría uno de esos Goya que nunca recogió– y en la que Acción mutante lograría tres premios. Han pasado más de 24 años de una reunión que a menudo he evocado con Álex como uno de los grandes ratos de nuestra vida. Quedé con Álex y con Rafael Azcona en un bar de la Avenida de América pegado a la casa de Julio Alejandro. Subimos a verle. En las tres horas que pasamos con él, no dejamos de hablar de Luis Buñuel. Sometimos a Julio al tercer grado más dulce y admirativo que se pueda pensar. Álex no hacía más que preguntarle por El ángel exterminador  y Viridiana. Álex siempre recuerda cómo Julio nos contó que Buñuel le había aceptado como guionista. Buñuel le mostró un cajón vacío y le preguntó: “Julio, ¿qué ves aquí?”. Julio respondió: “La degradación de la carne”. “Bueno, vale, podemos trabajar juntos”, remató Buñuel.

A estas alturas, cualquiera sabe que Álex de la Iglesia es un cineasta con una enorme personalidad. Cualquiera sabe que películas como El día de la bestia o La comunidad pertenecen a lo mejor y más influyente del cine europeo de las últimas décadas. Cualquiera sabe de su imaginación, maestría y poderío narrativo y visual. Cualquiera sabe que el cine español de los últimos 25 años sería mucho menos interesante sin su audacia, su energía y su sentido del humor. Pero tal vez muchos ignoren su antigua veneración por Luis Buñuel y, especialmente, su debilidad por El ángel exterminador, en la que es imposible no pensar cuando se ve El bar, la última muestra del mundo y el talento inagotable de Álex de la Iglesia.

El premio Luis Buñuel del Festival de Huesca, la ciudad de Julio Alejandro, le estaba esperando. Desde siempre.

Luis Alegre